Es 11 de
septiembre, son las cuatro y media de la mañana y no puedo dormir. Ojalá
tuviera bien la barriga y pudiera fumar. En realidad no creo que el insomnio
sea algo contra lo que luchar. Simplemente, mientras se sufre, hay que hacer
cosas, buscarse ocupaciones, pero quedarse tumbado en la cama esperando al
sueño es lo peor que se puede hacer. Esperando, siempre esperando. Esperando a
que ocurran las cosas.
Tengo la
cabeza llena y la verdad es que lo último que me apetece hacer es pensar en
algo…
Creo que
por fin he encontrado mi lugar de paz. Eso de lo que todo el mundo habla, el
sitio donde todo el mundo dice refugiarse cuando necesita tranquilidad mental:
una playa, una montaña, un río, un paisaje bonito. De repente he cerrado los
ojos y me he imaginado el cielo nocturno. No he tenido más que subir un poco y
estaba en mitad del espacio, en mitad del vacío. Pero no estaba cerca de la
tierra. Había muchas lunas a mi alrededor, me atraía la gravedad de un planeta
no identificado. Podía apartar los pensamientos con las manos, podía bucear a
través de ellos, podía evitar cualquier asociación que mi cerebro hiciera
instintivamente con el lugar, para llegar al vacío. Era lo que era. El espacio.
El Universo. Donde no importas una mierda, donde no significas nada. Donde
tampoco la Tierra importa, ni el Sistema Solar, ni siquiera la Vía Láctea. Hay
tantas galaxias.
He sentido
ganas de pisar el pasado. No de olvidarlo, porque realmente no se puede
olvidar, igual que no se puede escapar de él. Pero sí se puede seguir adelante
y no pensar en lo que te hace daño. En el rechazo de alguien que te importa. En
las malas palabras. Y allí arriba, flotando sin gravedad, era consciente de
todo, y lo recordaba todo: que Miguel estaba pillado por Moli, que yo no era la
que le gustaba, que se había enganchado a ella y no a mí, las largas que me
había dado esta noche. Pero abría las cortinas más profundas de mi mente para
llegar a la paz. Para llegar a la relatividad, al principio de todo, y de lo
que más ganas tenía era de ser capaz de pensar en otra cosa, de centrar mi vida
en otra persona, lejos de sus dramas de mierda, su vida deprimente de mierda,
lejos de sus porros y su trap, lejos de su inmadurez, lejos de mi ira. Sólo es
un niño más que no me quiere. Y así he vuelto a la soledad en mi Spotify. Quiero
ser un alma zen. La intensidad ya la tengo dentro. Estoy harta de juntarme con
niñatos cuando parece que soy más madura, y quedarme enganchada a ellos. Deseo
asumir mi tristeza y mi rabia, deseo asumir el rechazo, deseo asumir las
circunstancias, los hechos, deseo seguir adelante. Nunca lo he deseado tanto
como ahora y nunca he sido tan fuerte como lo soy ahora.
